Cucarachas
Cucarachas

Cucarachas

Las cucarachas tienen la capacidad de ponerme realmente tenso y violento. Me pasa con los bichos en general, salvo algunas excepciones como los chapulines —esos me los como enchilados en un taco con guacamole y limón—, pero definitivamente las cucarachas son las campeonas en ese sentido.

Cucarachas OK

Un día, cuando tenía como 13 años, mi mamá me pidió que cambiara las cortinas de la cocina. En aquel entonces teníamos una cocina integral que ya andaba fallando a medias, la campana no funcionaba del todo bien y, en consecuencia, se formaba algo de cochambre en la parte alta de las paredes. Me subí a la tarja y comencé a separar las cortinas de su soporte (estaban agarradas con ganchitos pequeños) cuando, de la nada, sentí un cosquilleo en mi mano derecha.

La bajé, la miré…y ahí estaba la hija de su rechingada madre: una pinche cucarachita como de un centímetro de largo, chiquita, suficientemente molesta como para hacerme bajar de un salto, sacudir la mano, tirarla al piso y escucharla crujir bajo mi zapato. Nunca más cambié esas cortinas.

Algo que odio de la temporada de calor es que los bichos se alborotan a la menor provocación y salen de todos lados. Bichos mamalones, no chingaderitas como la de la cortina.

La primera vez que tuve un encuentro con una cucaracha de esas grandotas que parece que te van a tacklear fue hace ya algunos años en una farmacia cerca del hospital donde trabajaba mi mamá. Estaba esperando afuera a que le entregaran sus compras cuando de repente vi esa madre salir de una coladera; era enorme, medía como cuatro centímetros, roja y brillante. Se acercó y no lo pensé, le di una patada tan fuerte que la mandé contra una pared. Clarito la escuché y vi rebotar, caer, regresar a su alcantarilla y casi podría jurar que dijo “I’ll be back”.

Cucaracha

Años después, cierta noche calurosa, bajé a la cocina por algo de beber. Iba de regreso a mi recámara cuando encontré una revista sobre la mesa del comedor y empecé a hojearla. En eso estaba cuando sentí un hormigueo en la pantorrilla, me revisé por encima del pantalón y como no encontré nada, seguí leyendo.

Luego el hormigueo fue en mi muslo, lo que me causó un escalofrío, acompañado por una sensación de “Ya valió madre”. Me abrí el pantalón y encontré un puto monstruo de seis patas pegado a la tela, por la parte interior. Sacudí el pantalón, cayó y, sin dejarla tocar el piso, le metí tal patadón que Roberto Carlos se hubiera sentido orgulloso. Solo se escuchó el golpe seco de su rebote contra algo. Y aunque no le permití llega a tierra prometida, no recuerdo cuántas veces me lavé la entrepierna y los muslos esa noche.

De ahí en adelante, puros encuentros relax. Aprendí que no es buena idea pisarlas porque, además de que se les sale todo el jugo, los huevecillos se quedan embarrados por todos lados, así que ahora llevo la cuenta de a cuántas escobas les he partido el cepillo (no el palo, el condenado cepillo) para después levantarlas con el recogedor y mandarlas a dormir con los peces al estilo Luca Brasi.

Peces

No sé si la sensación que me provocan pueda describirse como miedo. Estoy consciente de que un bicho así no podría hacerme daño, pero algo en mí reacciona casi con furor animal. Me pongo tenso, nervioso; ver una de esas cosas me hace desear que fuera algo más grande (pero menos viscoso) para poder acabarlo de la manera más sádica posible: romperle partes del cuerpo, aplastar pero sin matarla a la primera, acuchillarla, dispararle, lo que sea.

He esparcido veneno en los marcos de ventanas y puertas, cubierto las coladeras de toda la casa (principalmente las de los baños), las entradas principales, y aun así siguen apareciendo de vez en cuando. El solo hecho de pensar en esos bichos me da comezón.

He estado rascándome casi el mismo tiempo que me ha tomado hacer esta entrada. Siento cosquilleos por todos lados…

¿Qué hay de ti? ¿Te dan miedo las cucarachas? ¿Cómo lidias con estos horribles (pero necesarios, en honor a la verdad) blátidos? Cuéntame en los comentarios.


¿Me invitas un cafecito?

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