Envidia [Los siete pecados capitales]
Envidia [Los siete pecados capitales]

Envidia [Los siete pecados capitales]

Una de las principales causas de la envidia es la emulación, lo que significa que el objetivo del envidioso no es exclusivamente el sujeto, sino también sus objetos materiales e incluso sus cualidades. Con esto en mente, podemos considerar que el plagio es una especie de envidia, ya que, técnicamente, es un intento por apropiarse de lo que caracteriza a otro a toda costa.

La iglesia católica ha condenado la envidia como uno de sus pecados capitales, lo cual es correcto; se les concede ese punto. Envidiar las posesiones y atributos de otros es enfermizo, desgastante y sumamente frustrante para el envidioso. Lo gracioso del asunto es que, si nos remontamos a los orígenes de las tradiciones judeocristianas, encontraremos una cantidad obscena de plagios, malas imitaciones y mentiras.

Para muestra, dos botones:

¿Quién es el cumpleañero?

Horus, dios egipcio del Sol, nació un 25 de diciembre 3,000 años antes que Cristo. Hijo de la diosa Isis, a los 12 años era ya un maestro y a los 30 fue ungido por Anup para comenzar su magisterio. Contaba con 12 alumnos que le seguían siempre y en sus andanzas realizó todo tipo de milagros hasta que finalmente, traicionado por Typhon, fue crucificado y enterrado para resucitar después de tres días.

Dioses

Esta misma estructura mitológica puede observarse como un patrón en otras culturas milenarias y sus respectivos mesías solares, como Attis, alrededor del 1200 A.C. en Frigia; Mithra, también 1200 A.C., pero en Persia; Krishna, 900 A.C. en la India; Dionisos, 500 A.C. en Grecia; y cientos de ejemplos más, hasta llegar finalmente a nuestro buen amigo de aspecto hippie, Jesús de Nazaret, cuyo mito incluye, además, connotaciones astrológicas, lo cual es de sorprender, ya que la religión católica es una vehemente detractora de este tipo de creencias.

La caída de los dioses

Mención aparte merece el catálogo de demonios existente en la tradición judeocristiana, ya que éstos no son otros que criaturas mitológicas, o bien, los viejos dioses adorados por las culturas milenarias que fueron tildadas de paganas, sometidas y obligadas a rendir pleitesía al dios de sus conquistadores.

Entre ellos se encuentra buena parte de los panteones griego, romano y escandinavo, principalmente. El ejemplo más notable es Pan, dios arcadio de la fertilidad, la sexualidad masculina desenfrenada y, en general, de la naturaleza salvaje del hombre. Su aspecto era humano en la parte superior del cuerpo y en la inferior era el de un macho cabrío.

Pan

Seductor y conocedor de las artes curativas de la Naturaleza, es el perfecto prototipo para diseñar al gran opositor, creador de las tentaciones terrenales y, por lo tanto, enemigo del hombre. Ni mandado a hacer para la conveniencia de los católicos y sus ansias de dominio y poder mediante amenazas y la imposición del terror.

No debería sorprendernos entonces que esta tendencia haya llegado a nosotros por medio de los conquistadores españoles, quienes se encargaron de destruir los antiguos templos prehispánicos para colocar los suyos encima y, de paso, suprimieron a la mitología y los dioses originales.

Tetlacuepcayotililiztecuhtli, Tonantzin, "nuestra madre, señora de la venganza"
Tetlacuepcayotililiztecuhtli, Tonantzin, “nuestra madre, señora de la venganza”. Crédito a su autor.

El plagio más ruin lo sufrió Coatlicue, diosa de la tierra y la fertilidad además de la dualidad vida-muerte, quien fue “obligada” a convertirse en la Virgen de Guadalupe y ser convenientemente encontrada por el indígena Juan Diego para dar constancia de que el mismísimo dios nuestro señor envió a su propia madre (pero bronceadita) a esta tierra de aborígenes salvajes para que nos diéramos cuenta de que vivíamos en el pecaminoso error de no arrodillarnos ante la fe católica.


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