CUENTO – Castigo y adoración para una sumisa
CUENTO – Castigo y adoración para una sumisa

CUENTO – Castigo y adoración para una sumisa

Aquella película sobre tiburones alterados genéticamente para convertirse en super depredadores resultó menos emocionante que lo ocurrido en la primera fila de la sala del cine. El ceñido vestido azul de Karen —la chiquilla sumisa con quien apenas había salido en un par de ocasiones— permitió que mis manos se dieran gusto durante toda la función con sus muslos y el jugoso tesoro que se esconde entre ellos.

Salimos del centro comercial con la respiración agitada, las manos oliendo al sexo del otro y los rostros encendidos; las miradas extrañamente brillantes dijeron por sí solas que la siguiente parada sería nuestro motel de confianza.

Apenas cruzamos la puerta de la habitación dejó su bolsa sobre la cómoda, se abalanzó sobre mí y, tras recorrerme con sus labios regordetes y jugosos desde la boca hasta el cuello, fue directamente a hincarse, abrir el zipper de mi pantalón y liberar de su prisión a mi verga, que ya mostraba sus ansias dejando escurrir algunas gotas de líquido seminal.

Mientras mis manos formaban con su cabello una coleta improvisada y ella se entregaba por completo a la tarea de llevar mi falo hasta el fondo de su garganta sin siquiera haberse quitado el vestido, no pude evitar mirarnos en el espejo y saborear con la vista sus tetas pequeñas pero firmes, su cintura estrecha y esas nalgas firmes y redondas que me enloquecían.

Justo cuando mi tranca estaba por explotar en chorros de leche dentro de su boca levanté su rostro hacia mí, la tomé por las manos, le ayudé a incorporarse para besarla apasionadamente mientras la punta de mi miembro trazaba líquidos caminos sobre su vestido y, después de recorrer su cuello con mi boca, le dije al oído:

—Quítate sólo el cachetero y ponte en cuatro sobre la cama.

(Obedeció como siempre. Si algo me encantaba de Karen es lo dispuesta que estaba siempre a complacerme en todo lo que quisiera. ¿Fotos en lencería? ¿Con un antifaz? ¿Usando únicamente el jersey o la gorra del equipo al que ambos apoyábamos? Lo que le pidiera, me lo daba…porque estaba enamorada de mí, aunque desde un principio dejamos en claro que lo nuestro era meramente sexual y me sentí bastante culpable cuando preferí alejarme de ella antes de hacerle más daño. Una pena, en definitiva. Lo pasábamos de lujo).

Fue ese mismo enamoramiento el que la convirtió en mi sumisa. Se colocó a gatas con el vestido apenas cubriendo la mitad de sus nalgas. Su piel acanelada contrastaba con el azul eléctrico de la tela y su cabello, negro como mis intenciones, caía con gracia hacia un lado mientras ella giraba ligeramente la cabeza para mirarme con una mezcla de picardía, inocencia e incertidumbre.

—¿Qué vas a hacer, amo?

—Preguntó con la voz temblorosa. Me fascinaba que me llamara así; con eso me entregaba todo el poder sobre ella, sobre su boca, su coño, sobre todo su cuerpo.

—Te veías muy contenta en el centro comercial mientras todos te miraban al caminar. Incluso dos o tres viejos verdes ni siquiera se preocuparon por disimular y te siguieron con la mirada. Eres una traviesa, ¿lo sabías? —Le respondí mientras una de mis manos le acariciaba el culo con lentitud y firmeza. —Estas delicias les encantaron y son sólo mías —Dije al darle la primera nalgada.

—¡Mmmmm, qué rico! —Susurró, al tiempo que su espalda se arqueaba de placer.

—Me fascinas, pequeña. Adoro castigar a mi sumisa, que sepa muy bien quién es el único que puede usarla así —Y cada una de esas palabras fue dicha con lentitud, al tiempo que mi mano acariciaba casi con ternura la parte de sus glúteos que ya estaba enrojecida.

—A mí me encantan tus castigos —Gimió al sentir cómo una de mis manos la tomaba por el cabello nuevamente para obligarla a arquear la espalda.

—Eso es porque eres una gatita golosa —Dije con suavidad justo antes de que nuestras lenguas se entrelazaran y comenzaran a juguetear.

—Soy tu putita cachonda, sólo tuya —E hizo un énfasis especial, delicioso, en las últimas dos palabras.

¡Dilo más fuerte! —Repliqué, con los ojos encendidos de deseo y el sonido de una fuerte nalgada acompañando a mis palabras.

—¡Soy tu zorra sumisa, tu nena mala! Castígame más fuerte, por favor…

Fue en ese momento, justo y preciso, que ambos supimos que nos esperaba una larga noche y ninguno de los dos llegaría a casa hasta la mañana siguiente.

Castigo a la sumisa

Este es el primer cuento de corte erótico que publico aquí. Próximamente habrá más; espero me platiques qué te ha parecido en los comentarios o en mis redes sociales:

También, si gustas y este te pareció demasiado fuerte, puedes leer una de mis pesadillas más extrañas convertida en cuento.


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