Hasta pronto, Alex
Hoy es tu cumpleaños, Alex.
No alcanzaste a llegar. La enfermedad a la que combatiste con valentía, con esas enormes ganas de vivir y seguir adelante que te caracterizaron desde que supimos el diagnóstico, ganó el sábado pasado la alocada carrera a la que te sometió desde hace algunos años.
Aquel 2019, a la sorpresa inicial tras enterarme de lo que tenías siguieron guardias en el hospital, visitas, cuidados. Después, cuando la distancia me impidió estar cerca, hubo llamadas, risas, la ilusión de que poco a poco te recuperabas. Tu constante bombardeo de videos al estilo «Etiqueta a tu amigo y te debe una hamburguesa/birria/loquesea» me hacía desear que te recuperaras pronto para poder ir a comer todo eso, como hacíamos en la oficina cuando salíamos a comprar el desayuno y regresábamos con el estómago lleno y un café caliente en la mano.
El sueño se cristalizó hace casi exactamente tres años, cuando me llamaste para anunciar que la enfermedad había remitido, que ya estabas bien. Cuando te escuché, fue como si un nudo se hubiera deshecho justo en el centro de mi pecho. Me alegré hasta el punto de las lágrimas por la sencilla razón de que fuiste ese amigo que siempre tenía una sonrisa, un chiste, pero sobre todo, esa vibra especial que te hace sentir que todo va a estar bien. Fuiste el único en esa oficina que no salía huyendo al ver al pinche demonio en que me convierto a veces cuando estoy sometido a demasiada presión.
Cuando tuve mi primer ataque de ansiedad, fuiste el único que se dio cuenta de lo que me sucedía aquella vez que tuve primero un mareo, después vértigo, luego taquicardia, y me llevó a la clínica sin importar que tuviéramos trabajo pendiente. Fuiste el único que se preocupó por mí y me cuidó, el único que no hizo un chiste estúpido porque no tenía idea de cómo manejar eso. El único que comprendió mi vergüenza cuando noté que en realidad no estaba teniendo un infarto y que todo pasaría. De regreso de la clínica, me compraste un agua en la tienda para que me relajara, me protegiste y, si ya me caías bien, ese día te ganaste mi gratitud, mi lealtad y mi cariño.
Por eso me volví loco ese 28 de febrero de 2023 y solté un «¡Hay que celebrar!».
Aquella tarde, en el Kolobok, hice una foto junto con la promesa de que visitaríamos cada uno de los restaurantes que encontramos en el camino de regreso.
Pero te fuiste.
Durante los últimos meses ya no fuimos tan cercanos como hubiera querido, debido en gran parte a que te mudaste de ciudad, al ir y venir para tomar tus consultas aquí, los regresos apresurados, los avisos de último momento. De repente, las visitas al médico volvieron a ser frecuentes. De repente, ya no estabas bien. Ya tenías nuevas complicaciones, esta vez peores. Sin embargo, la esperanza siempre se mantuvo. No quise dejarla ir ni soltarte porque quería creer que estarías bien, porque no podía aceptar que una persona tan joven pudiera pasar por algo así. ¡Porque no lo merecías! Y porque, a cada silencio prolongado tras preguntarte cómo estabas, a cada respuesta ausente debida a tu acelerado desgaste, esa foto que hice parecía una burla de la vida misma. «Sí, estaba curado, pero ya no. Ahora está peor, y no hay nada que puedas hacer». Duele compartirla, por eso preferí vestir este texto con una versión anime.
También me duele no haber sido un amigo tan presente como al inicio de tu padecimiento. Me duele haber enfermado en la misma semana que avisé a tu mamá que iría a visitarte. Me duele haberme enterado de tu muerte y quedado en shock, sin poder llorar, hasta que los recuerdos vinieron de golpe y tuve que refugiarme entre los brazos de mi esposa para dejar de temblar por la impresión y el dolor.
Sin embargo, ¿Sabes qué es lo que más duele?
Eres una persona tan fácil de querer, alguien que se gana a los demás con una facilidad asombrosa gracias al pinche angelote que se carga, que no puedo evitar recordar lo distintos que somos. Lo más duro de todo esto no es haber perdido a alguien a quien quiero, sino darme cuenta de que perdí a alguien que me quiso a pesar de mi maldito mal carácter —que jamás dirigí hacia ti, pero si no lastima, por lo menos incomoda—. Perdí a alguien capaz de ser mi amigo tal como soy. A una de las escasas personas a quienes puedo llamar «amigo incondicional». Por eso te lloro, igual que lo hacen todas esas personas que tuvieron la fortuna de que tocaras sus vidas, y lloro también por mí, porque me quedo otro poco más solo.
No tuve el valor para ir a tu velorio. No quise esa clase de despedida, mucho menos verte dentro de una caja, quieto, callado, apagado. Ese ya no eras tú. Tú eres la última plática que tuvimos, las sonrisas, las ganas de vivir, la enseñanza de que, aunque el final tarde o temprano sería el mismo, jamás bajaste los brazos ni dejaste de entregar a todos los que te queremos lo mejor de ti. Me quedo con eso y con la certeza de que un día, espero muy lejano, nos volveremos a encontrar.
¿Me invitas un cafecito?
