(Pssst, pssst...dale play antes de empezar a leer).

Demasiadas cosas duelen hoy, a poco más de 24 horas de que te fuiste de nuestro lado. Demasiadas cosas se extrañan, y la principal es esa forma bonita que tenías de sonreír, de ser juguetona, de saltar hacia la cama cuando mi papá abría la puerta de mi recámara mientras estaba dormido porque sabía que por alguna extraña razón siempre encontrabas la manera de aterrizar justo en mis bolas, para después recostarte a mi lado mientras yo te gritaba «¡Noooo, pinche Gala!» antes de abrazarte y quedarnos dormidos acurrucados un rato más.

Cuando llegaste a nuestras vidas eras una bolita de pelos del tamaño exacto de mi zapato. Creciste sana, bonita, fuerte, recibiendo todo el amor que mi familia y yo pudimos entregarte, y también dándonos muchísimas alegrías, sonrisas, ternura. Para todos nosotros tuviste algo especial, una forma particular de darte a querer y recibir apapachos de cada uno, pero sin duda, mi papá siempre fue tu consentido. Él era (es) TU humano, tu compañero para salir a la puerta a tomar aire, tu cómplice y tu defensor cuando mamá te regañaba por hacer travesuras.

Nuestros juegos eran los clásicos entre un humano y su perrito, o mejor dicho, un perrito y su humano. Corríamos, tenías tus juguetes, yo te hacía maldades, tú fingías tirarme la mordida y siempre me hacías terminar muerto de risa mientras te hacía cosquillas en la panza, te cargaba, me sentaba y te arrullaba. «Eres mi bebé», te dije incontables veces, algunas de ellas con los ojos vidriosos por algún momento duro que estuviera pasando. Te quedaste a mi lado, lamiste las lágrimas de mi cara, te acurrucaste junto a mí y me consolaste a tu manera.

Llenaste mi vacío y satisficiste a mi instinto paternal hasta que los problemas en tu columna impidieron que pudiera cargarte como bebé, que tuviera que cuidar más mi forma de jugar contigo, pero no por eso dejaste de ser mi pequeñita, aunque los años pasaran y tu salud comenzara a deteriorarse. Tus riñones, la fuerza en tus patitas, tu ladrido cada vez más escaso, los desvanecimientos cuando la emoción de ver llegar a cualquiera de nosotros sobrepasaba la capacidad de ese corazón hermoso que siempre tuviste.

Ayer, mientras estaba de visita en casa de mis papás, tocó cargarte como bebé otra vez. Tuve la triste fortuna de poder hincarme a tu lado, decirte que fuiste la mejor perrita que pudimos tener, pedirte que te fueras tranquila porque no nos debías nada, que por favor dejaras de sufrir y no te quedaras preocupada, porque aunque tus abuelitos están deshechos por el dolor de tu ausencia, no los voy a dejar solos y los voy a cuidar tan bien como lo hiciste tú. Llené de besos y lágrimas tu carita por última vez antes de que la Naturaleza y el tiempo hicieran lo que tenían que hacer. 

Supongo que no hay una manera que no se lea dramática de decir que me duele el lado izquierdo del pecho, porque el vacío se siente justo ahí. Sé perfectamente que los sentimientos no nacen en esa parte de mi cuerpo ni mucho menos estoy teniendo un infarto; que es mi cerebro el que está generando la sensación. También sé que la metáfora del Puente del Arcoiris es un bonito consuelo que tal vez no me basta, que era egoísta pretender que siguieras a nuestro lado a costa de tu sufrimiento. Intento racionalizar el cómo me siento tanto como puedo, porque te prometí que voy a cuidar a tus abuelitos y no puedo hacerlo bien si me dejo caer. 

Sin embargo, me dueles un chingo. Esta mañana te busqué bajo la mesa del comedor para evitar patearte antes de levantarme, como hacía siempre. Se me nublaron los ojos, se me hizo un nudo en la garganta y mejor me fui por otro café antes de venir acá a escribir solo por aferrarme a ti, por no dejarte morir, por tener un pretexto para volver a ver las fotos que te hice durante 15 años. Y porque sé que dentro de algún tiempo, cuando llegue mi turno, tú, mi gordita de peluche, estarás esperándome, vas a correr directamente hacia mí, me vas a pegar en las bolas y te voy a abrazar antes de quedarnos dormidos un buen rato.

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