(Pssst, pssst...dale play antes de empezar a leer).
Recuerdo los sábados de mi infancia —en ese entonces cursaba la secundaria— cuando, a las ocho de la mañana, transmitían un nuevo capítulo de Saint Seiya (o Los Caballeros del Zodiaco, como los conocimos los niños de los ochentas) a través de Caritele; también su mudanza al horario vespertino durante mis años de preparatoria y, ya más grandecito —allá por el 2012— el lanzamiento de la Saga de Hades que hizo que a más de un nostálgico se nos cayeran los calzones de la emoción.

Pasé, pues, prácticamente toda mi infancia y adolescencia disfrutando las aventuras de Seiya, Shiryu, Hyoga, Shun, Ikki y compañía. Gracias a Saint Seiya me volví fan de la mitología (la griega y la nórdica entre mis favoritas, por obvias razones), de la historia y de la astronomía, principalmente; pero también aprendí mucho más.
Saint Seiya fue, sin afán de exagerar, una rica fuente de valores para mí y seguramente para muchos más chicos de mi edad.
En sus capítulos aprendí, entre otras cosas, que algunos amigos pueden convertirse en hermanos y, por ellos, cualquier sacrificio es válido.
Por supuesto, a apreciar la fortuna que tenemos quienes contamos con hermanos, y a reforzar los lazos no sólo de sangre, sino de amistad y lealtad para con ellos y que, a pesar de ciertas diferencias y discusiones con la familia, no debe perderse de vista que los lazos de sangre son fuertes (por lo menos en cuanto a asuntos verdaderamente importantes).
Algo que no he terminado de asimilar, pero me esfuerzo cada día: soltar el pasado y dejar ir a quien, por X o Y circunstancia, ya no está.
Aprendí que, en ocasiones y a pesar de todos los esfuerzos, pareciera que hacer lo correcto nunca es suficiente, que no se puede combatir contra lo que está mal y ha lastimado a tanta gente durante tantos siglos.
Sin embargo, también aprendí que, por infructuoso que parezca el esfuerzo, jamás debe permitirse que alguien más sufra sin un motivo, ni que se abuse de la fuerza o el poder (lo que sea que eso signifique) contra quien está indefenso.
Aprendí que, a pesar de la unión con la familia y los amigos, todos tenemos el deber para con nosotros mismos de ser firmes, dignos y autosuficientes; nadie tiene derecho a aferrarse a otros para no caer, pues de ese modo…¿qué clase de cobardes seríamos?
Aprendí que, por triste que algunas situaciones lleguen a ponerme, no puedo permitir que eso me derrumbe, y que está en manos de cada uno la decisión entre levantarse de la cama pensando que nada tiene caso, o bien, abrir los ojos y disfrutar la luz del sol que se cuela por la ventana y le recuerda que tiene alrededor personas, situaciones y cosas que hacen que la vida valga la pena ser vivida.
Me alegra haber dado hace poco un repaso a mi anime favorito de todos los tiempos y recordado los momentos geniales que me regaló. Quizá tú habrás aprendido lo mismo que yo, o tal vez fueron otras cosas. ¿Por qué no me platicas en los comentarios qué fue?