Para el 10 de julio de 1964, fecha de lanzamiento de A hard day’s night, The Beatles ya tenían andada buena parte del camino en la conquista de América. Sin embargo, todavía faltaba la cereza en el pastel. A partir de esta fecha, el fenómeno llamado Beatlemanía terminaría de adueñarse de los corazones de millones de muchachitas que corrían como si las persiguiera Hitler usando tanga cada que los cuatro liverpoolianos llegaban a cualquier parte.

Todo este éxito se debió en gran medida a la imagen que les otorgó Brian Epstein al bañarlos, peinarlos y vestirlos con trajecitos en lugar de los jeans, botas y chamarras de piel que acostumbraban en los primeros años, cuando los conoció en The Cavern y se enamoró de la idea de ser su representante. Se volvieron más presentables, más correctos, y esto repercutió en que todo mundo los amara con solo verlos. Para entonces, The Beatles no solo eran cuatro niños bonitos (es un decir) cantando bobadas, sino muchachos que utilizaban su buena apariencia como trampolín para hacer llegar su música a un público mucho más numeroso y variado del que hubieran logrado conservando la imagen de tipos duros tocando en oscuros pubs.
A esas alturas del partido tenían ya un sonido definido y característico, algo que en cuanto llegaba a los tímpanos de la gente se traducía como «Ah, ¡Por supuesto que son ellos!». La Rickenbacker de 12 cuerdas de George fue un factor determinante tanto para el propio sonido Beatle como para otras bandas que iban saliendo apenas del cascarón, como The Byrds en la costa oeste norteamericana, que a la postre terminaron por crear el folk rock y, sin quererlo, dar retroalimentación a los mismos Fab Four para que lo implementaran en algunas de sus creaciones posteriores.

La noche de un día difícil
El concepto A hard day’s night no se limita a los 30:12 que duran los trece cortes; entre todo el ajetreo de las giras y la producción acelerada de canciones y discos, The Beatles tuvieron tiempo de dejarse filmar por Richard Lester en lo que pretendía mostrar un día cualquiera dentro de su vertiginosa rutina para lo que sería su primera película, homónima del disco.
Siendo honesto, cuando supe de ella —hace ya algunos años— y vi los cortos me pareció algo boba, con los cuatro tipos corriendo, brincando y dando maromas por todos lados. Aunque eso sí, después de darle la oportunidad no pude menos que disfrutar el cáustico humor que manejaban en aquel entonces —sobre todo John— y recordar lo que alguna vez dijo George: «En Liverpool, todos somos payasos».
Volviendo al disco por sí mismo, su valor intrínseco nos deja momentos memorables para la historia del rock como el «Twang!» inicial de la rola homónima y abridora del disco o el más puro romanticismo manifestado en And I love her, una de las canciones más célebres del cuarteto de Liverpool. Tiene todo: letra edulcorada pero sin rayar en lo cursi, cadencia, requinto; es un dulce total.
Así de amplios son los matices en el catálogo Beatle, que ya empezaba a mostrar destellos de la madurez que llegaría en discos posteriores. Aunque claro, la mejor opinión la tienes tú.
No sé si a ti te pase, pero a mí me llama la atención la manera en que cada rola de The Beatles ha encontrado, a través de los años, la manera de mantenerse fresca en el imaginario colectivo no solo por sí misma, sino a través de distintos tributos realizados por bandas de renombre (o no tanto). Por eso, adicional al álbum oficial, te dejo esta pequeña playlist que armé con el mejor cover que encontré para cada canción. Disfrútalos y no dejes de platicarme en la caja de comentarios o en mis redes sociales si te gustan o hay algún otro que hubieras agregado.
