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La batalla más importante comandada por Francisco Villa en la Revolución Mexicana fue (me atrevo a decir que por encima de la de Torreón) la Toma de Zacatecas, hazaña en la que el heroísmo se hizo presente tanto desde las filas de la División del Norte como desde la División del Centro —comandada por el General Pánfilo Natera—, de entre cuyas filas surgió el hombre del que hoy quiero hablar por conmemorarse 143 años de su nacimiento y por un motivo que te explicaré al final de este artículo: el General Santos Bañuelos Bañuelos.

Pese a que los registros difieren unos de otros, la historia oficial dice que nació el 2 de octubre de 1882 en el rancho de Pastoría, Monte Escobedo, Zacatecas. Otras fuentes señalan Mezquitic, Jalisco, como el lugar que lo vio llegar al mundo y que en el municipio zacatecano tuvo lugar únicamente el registro de su nacimiento ante las autoridades. 

El hijo de Agustín Bañuelos y Manuela Bañuelos se unió al maderismo revolucionario en 1909 y, para marzo de 1911, ya peleaba bajo el mando del General Luis Moya tras haberse dedicado durante algunos años a la compra y venta de ganado en Zacatecas, Durango y Nayarit. 

Santos Bañuelos se encargó de aterrorizar a federales y colorados por igual, casi siempre en el norte de Jalisco y el poniente zacatecano. Lo mismo le dio barrer con Benjamín Argumedo en Huejuquilla el Alto y en Colotlán (ciudad donde nació el traidor Victoriano Huerta) que defender la causa revolucionaria en Valparaíso, Monte Escobedo, Jerez, Fresnillo y la capital zacatecana, lugares cada uno de ellos donde hizo gala de la valentía que le había ganado el puesto de segundo al mando del General Natera.

El caballo mojino

El General Bañuelos era popular, simpático y muy querido por su gente. Siempre iba vestido de charro sobre un enorme alazán tostado de pura sangre y se hacía acompañar por varios jinetes, además de que nunca le faltaban los músicos en retaguardia. En una ocasión, Santos les mandó tocar El caballo mojino —su corrido favorito— y comenzó a cejear su caballo, armando la fiesta en medio de la calle.

Este corrido llegó a ser el himno de los villistas —por lo menos de los que estaban destacados en Valparaíso, Monte Escobedo, Jerez, Fresnillo, Zacatecas capital y Colotlán— pertenecientes a la División del Centro.

La hazaña más recordada

Se dice que el día de la Toma de Zacatecas a Santos y a su hermano José Félix les tocó atacar desde el lado de Guadalupe y vigilar que no llegaran trenes con refuerzos federales. Por la tarde, terminada la batalla y cerca del Palacio de Gobierno, Jesús Bañuelos, un primo hermano de Santos que había jalado con él desde la revolución maderista, quería tomar prisionero a un oficial federal; sin embargo, éste fue más hábil y lo mató. 

Santos fue testigo de la muerte de su primo y persiguió al federal, quien corrió hacia el Teatro Fernando Calderón; el revolucionario obligó a su caballo a subir las escaleras, empujó las puertas y se metió con todo y su noble bruto hasta el vestíbulo, aunque ya no alcanzó a ver al que derramó la sangre de su familiar.

El trágico final del forajido

Después del triunfo en Zacatecas, la caída del huertismo y la separación de las distintas facciones desembocaron en una cruenta guerra civil que llevó a los mismos revolucionarios a enfrentarse entre sí. Por un lado, villistas y zapatistas buscaban una utopía igualitaria donde la tierra fuera para quien la trabajara y los abusos de los caciques hacendados terminaran; por otro, el carrancismo y sus allegados mostraban un talante mucho más conservador e inclinado hacia la ambición por el poder. 

Santos Bañuelos se mantuvo fiel al General Villa y, luego de resultar herido durante la Batalla de El Ébano, en San Luis Potosí, fue perseguido por los carranclanes dado que continuó haciendo guerra de guerrillas para subsistir en la Sierra de Valparaíso y Monte Escobedo. Así vivió, a salto de mata, hasta que en agosto de 1916 fue invitado a una comilona apropiadamente acompañada por alcohol a raudales. Con lo que no contaba es con que se fue a meter en el nido de las víboras, pues los traidores que organizaron el festín terminaron por dar aviso de su presencia a los carrancistas, quienes sólo pudieron deshacerse del general atacándolo en plena madrugada y con la guardia baja. 

Se cuenta que su cuerpo terminó en un barranco cubierto por ramas y piedras, e incluso que algún lugareño, sin saber de quién se trataba, le despedazó la mandíbula con un hacha para robar los dientes de oro que portaba. Tenía 33 años entonces y, ahora que es inmortal, cuenta con su propio corrido:

Ya murió Santos Bañuelos, 

a traición lo asesinaron, 

era de los generales 

que a los combates entraban 

encabezando a su gente. 

¡Las balas lo respetaban! 

 

Se levantó con Madero 

a luchar contra el gobierno, 

luego peleó contra Huerta 

y Carranza y Obregón. 

Fue de los leales a Villa. 

¡Hombre de mucho valor! 

 

Al atacar Zacatecas, 

allí don Santos decía: 

«Nomás que lo ordene Villa, 

entra mi caballería. 

Tenga cuidado, mi jefe, 

que voy por su artillería». 

 

Vamos al Cerro del Padre 

a tomar esas trincheras. 

De un lado ataca Bañuelos, 

del otro, Maclovio Herrera. 

Y viene a darnos la mano 

gente de Toribio Ortega. 

 

La Bufa la toma Urbina, 

los Arrieta, el Crestón Chino; 

El Grillo lo toma Villa 

y entra Natera al panteón. 

¿Don Santos? Entró a caballo 

hasta el Teatro Calderón. 

 

Ya derrotamos a Huerta, 

pero sigue la ambición. 

Ahora somos enemigos 

de Carranza y de Obregón. 

No reconocen lo justo 

de nuestra revolución. 

 

Decía don Santos Bañuelos 

a sus leales compañeros: 

«Ya quedó manco Obregón, 

ahora tiene un brazo menos, 

pero tiene mucho parque, 

y nosotros ¡no tenemos!» 

 

Oiga usted, mi General, 

ya perdimos tres batallas. 

Ahora nos vamos al norte, 

otra vez a las montañas, 

pero no nos rendiremos 

a la gente de Carranza. 

 

Don Félix se retiró, 

con Carranza está Natera, 

sólo se queda don Santos, 

fiel a Villa, por la sierra. 

Él va a morir traicionado, 

cuando menos se la espera. 

 

Oiga usted, mi General, 

le decía Tomás Domínguez, 

dicen que viene una tropa 

y los mentados Sociales, 

y van a ver los pelones 

que los ricos no son leales. 

 

«Cuídame el Paso del Río, 

mientras vuelvo con mi escolta, 

en Ciénega ya me esperan 

a comer, viejos amigos. 

Mañana ya volveremos 

a enfrentarnos al destino». 

 

Ricos sirviendo al gobierno, 

a un banquete lo invitaron, 

lo agasajaron con vino 

y a Quintanar le avisaron… 

Santos Bañuelos dormía 

y entre muchos lo mataron. 

 

Vuela, vuela, palomita, 

por las nubes y los cielos, 

vuela avisando a la gente 

que murió Santos Bañuelos. 

Sólo escapó su caballo 

y anda errante por los cerros.

Un poco de sangre

Entre la familia Méndez García —la de mi papá— se contaba desde hace años la historia de un pariente que participó en la Revolución Mexicana y correteó hasta dentro del Teatro Fernando Calderón a un «pelón» que había matado a su primo. Curioso, me dediqué a recopilar de diversas fuentes y resumir toda la información que acabas de leer párrafos arriba, además de escuchar con atención los relatos de la tía María (tía de mi papá, pues). Confío plenamente en su palabra —¿Por qué habría de mentir?— y en algo muy cierto de aquella época: la persecución del «forajido» no terminaba con su muerte, sino con la de su descendencia. Decir que se tenía por apellido «Bañuelos» era, prácticamente, un suicidio en aquellos días, sobre todo en las regiones donde pasó sus últimos momentos. 

En contraste y viviendo en esta época, cuando todo aquel horror parece un pintoresco y romantizado relato de tiempos en que los hombres peleaban hasta dejar la vida en un charco de sangre por una causa justa, me hace feliz haber encontrado en el acta de nacimiento de mi papá el nexo que durante meses busqué.

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