(Pssst, pssst...dale play antes de empezar a leer).
Como cada cuatro años, la Selección Nacional de México es un triste reflejo de la corrupción que impera en la Liga Meme X (dirigida, cómo no, por el priista Mikel Arriola), de la pobreza mental de los dueños y directivos de los equipos que conforman la Primera (y única, porque ya no hay ascenso ni descenso) División; de la descarada charlatanería con que la maquinaria televisiva le da a chupar el dedo bien embarradote de atole a la gente haciéndole creer que esta vez todo será diferente. “Nada nuevo bajo el sol”, dirás, y tendrás razón. Solo que, esta vez, ese cúmulo de carencias será más notorio a partir de hoy, que el equipo tricolor tiene altas probabilidades…de hacer el ridículo en su propia casa durante la Copa Mundial de la FIFA 2026.

Pasa lo de siempre: los dirigentes del fútbol en México caen en el exceso de autocomplacencia al pensar que con tener un puñado de jugadores mexicanos en algunas ligas de Europa —en equipos de media tabla, salvo alguna que otra excepción— se puede lograr algo.
Prueba de ello es la enfermiza manera de aferrarse hasta la náusea a “vacas sagradas” como Guillermo Ochoa o a jugadores que la mafia televisiva quiere vender forzosamente como estrellas aunque estén muy lejos de serlo, como Álvaro Fidalgo o Raúl Jiménez; jugadores sobrevalorados a más no poder, pero que les generan ganancias obscenas haciendo comerciales. Para ellos tiene más importancia el negocio que lo deportivo y eso no sorprende a nadie, pero no deja de ser repugnante la manera en que buscan desesperadamente acarrear millones de dólares a sus cuentas bancarias.

Gracias a los caprichitos de Televisa no solo se priva de una oportunidad a jugadores más jóvenes y talentosos, sino que se evidencia la mediocre mentalidad de la Federación Mexicana de Fútbol: importa más darle “su sexto mundial” al portero que “ayudó” a descender al Ajaccio, al Granada y al Salernitana (pero Azcárraga y sus lacayos juran que es leyenda) que buscar un nivel verdaderamente competitivo que saque a la Selección Mexicana del “ya merito” y de lo patético que resulta estar aspirando a llegar al quinto partido en cada justa mundialista después de pasar de panzazo por la fase de grupos ganando a un equipo de África o Asia, empatarle o ganarle a un europeo mediano y empatar o perder con un equipo de jerarquía. ¿Cuántas veces hemos leído ese guión?
Y para acabarla de chingar…
¿Quiénes "Somos México"?
Desde hace unas semanas, una frase ha hecho mucho ruido en redes sociales: “Es el Mundial de México, pero los mexicanos no estamos invitados”.
Ni los comerciantes que esperaban la tan cacareada “derrama económica” que el turismo dejaría en sus negocios porque les plantaron una barda enfrente, ni los que tienen restaurantes o bares y no podrán transmitir los partidos porque no les alcanzó para pagar la licencia como dicta y manda la FIFA. Vamos, que hasta a los ricos les tocó llorar, porque los dueños de palcos en el ahora llamado Estadio Ciudad de México (antes Azteca, y brevemente Banorte, porque su dueño vendió acciones y hasta el nombre con tal de traer el Mundial) tienen terminantemente prohibido ingresar alimentos al inmueble para forzarlos a pagar paquetes hospitalarios cuyo precio mínimo ronda los 200,000 pesos.

Del mexicano de a pie, mejor ni hablamos. Los precios de los boletos no son nada accesibles para quienes han convertido al fútbol en el deporte más popular del planeta. Mientras el sueldo promedio del mexicano anda por los 11,000 pesos mensuales, las entradas para el partido inaugural ante Sudáfrica tienen un precio de 55,800 pesos, sin considerar lo que puedan llegar a inflarse en la reventa.
El fútbol dejó de ser “el deporte del pueblo” para convertirse en un evento de moda al que solo la gente rica, los influencers y las celebridades pueden asistir.
La poca pasión que pudieran despertar los ratones verdes terminó de irse por el caño para dar paso a gente a la que le interesa más pavonearse en redes sociales para obtener likes y llenarse la boca diciendo “Yo estuve ahí”, mientras el grueso de la población no solo se la va a tener que pelar si quería ir al estadio, sino que además su mismo gobierno lo pelusea y casi lo esconde debajo de la alfombra porque “qué oso que vengan los gringos y los europeos güeritos y los vean a ustedes, bola de zarrapastrosos prietos que usan el Metro que no hemos terminado de reparar”. O qué, ¿alguien creyó que eso de suspender clases y exhortar a los sectores público y privado a dar home office a sus asalariados fue de buena ondita?

Las “mejoras” (así, entre comillas, en negritas y subrayado) hechas a la ciudad no fueron pensando en nosotros, sino en bajarse los calzones ante los extranjeros. Lo gracioso del asunto es que cualquier turista que vea todas esas mamarrachadas se va a cagar de risa. Ridiculeces como los candelabros del Metro Hidalgo (que la gente ya empezó a madrear, como hace con todo), las ocurrencias de Clara Brugada de llenar la Ciudad de México con dibujitos de ajolotes o armar un desfile del Día de Muertos en pleno junio, la todavía más aberrante mamada de Claudia Sheinbaum de pagarle ¡14 millones de pesos! a Julieta Venegas por desmadrar una canción de la banda Patita de Perro para alinearla con su agenda, las estaciones de la Línea 2 a medio “renovar”, el Jardín Flotante Tlallipan que ya se les inundó, las lonas colocadas expresamente para ocultar las zonas feas y pobres en CDMX, Guadalajara y Monterrey…pero, sobre todo, la evidente falta de organización, previsión y disciplina de que han hecho gala los gobiernos mexicanos. Tuvieron ocho años, cabrones. ¡Ocho! Para armar algo decente, y en este momento ni siquiera el Estadio Ciudad de México está en condiciones óptimas.

Mención aparte y ya sin tono jocoso merecen las incontables manifestaciones que han tenido (y tendrán) lugar a partir de esta semana. Madres buscadoras, maestros de la CNTE, estudiantes de Ayotzinapa, personal del sector salud, jubilados de PEMEX, comerciantes del Centro Histórico, mas los que se me estén olvidando en este momento, tienen al país entero sumido en una atmósfera por demás tensa.
“No se siente ambiente mundialista”, dicen algunos resumiendo de la manera más simple el panorama actual. No están en un error. Se siente como que algo va a pasar y ojalá me equivoque, pero no pinta que vaya a ser algo bueno.

Mientras tanto, veamos (por televisión o plataformas de streaming oficiales, no le vayan a rugir las tripas a Gianni Infantino) qué tanto le sirve la localía a México y si vale la pena todo este cagadero, porque al final, aunque el evento nos excluya, aunque los jugadores sean (en su mayoría) un montón de divas lloronas y sobrevaloradas, la emoción de una competencia mundialista es ineludible si eres de los que disfrutan un buen partido de fútbol.
Hoy toca desempolvar mi jersey del Mundial Sudáfrica 2010…total, lo más probable es que nada más me lo ponga otras cuatro veces este año antes de devolverlo al cajón de las vergüenzas.

